Argentina ganó claro, sin lujos, y con la ropa de laburo bien puesta.
Olvidate del sufrimiento heroico. Esto fue un partido controlado de principio a fin, donde Argentina no necesitó hacer malabares ni remar contra la corriente. Austria quiso apretar, sí, pero se encontró con un equipo que no se desordenó, que movió la pelota de un lado al otro con criterio y que les cerró la canasta antes de que ellos pudieran siquiera oler el área.
El gran trabajo estuvo en el mediocampo. Argentina encontró ese equilibrio que tanto busca: ni volantazos locos ni línea de 5 atrás. Un bloque sólido, con los volantes siempre bien posicionados, cubriendo los costados y dándole salida limpia a la pelota. Sin ese orden, Austria te complica; pero con ese orden, todo se vuelve más sencillo.
Y adentro de esa estructura, Messi tuvo la libertad que necesita. No lo ataron a una banda ni lo hundieron entre centrales. Se movió a su antojo, se cayó a recibir, enganchó, y cuando el equipo lo necesitó para desatar el nudo, apareció. Erró el penal, que es parte del juego y no cambia el análisis: porque el equipo no se vino abajo, siguió en su libreto. Y después, con dos golazos, liquidó el pleito sin sobresaltos.
El 2 a 0 es justo, claro y refleja lo que fue la cancha. No hubo épica de película, hubo oficio, concentración y una certeza: cuando esta selección se pone el overol y se pone a trabajar, no le tiembla el botín. Jugó al fútbol que tenía que jugar, sin inventar ni regalar espacios.
El partido se ganó en el medio, con la pelota al piso y con el arquero rival desesperado por no verla pasar. Así, sin estridencias, es como se construye una defensa del título.
